In memoriam y eterno recuerdo de Javier Díaz

Recuerdo como me hablabas de mi militancia juvenil, e irresponsable, que pasé en las juventudes maoístas de finales de los setenta. Cuánta aventura de mano de gentes formadas, distantes en su mayoría, que nos abrían el local semi-clandestino con acceso a una biblioteca llena de lomos revolucionarios y textos ininteligibles para nosotros: «la pibada».

Quiero recordar las pegatinas de la CCT, que pasábamos a buscar con la ilusión de encontrar alguna nueva, para llevar la revolución a las farolas del barrio, de los barrios… Y nos caían de las manos de un par de puretas muy puestos (como Jaime), para alimentarnos cuando más ansiosos de política estábamos, en pleno crecimiento físico e ideológico.

Siempre te recordaré en el despacho de Miguel Ángel, o en el del FSOC, o en el improvisado en cualquier parte, poniendo esperanza entre los más castigados de nuestra clase y consiguiendo un logro tras otro, para mejorar las condiciones esclavistas que aún nos someten. Siempre estabas en ese frente que da razón a la lucha de clases y que solo la ignorancia opaca.

Nunca olvidaré el consuelo del compañero que, convertido en hermano mayor, decía que me entendía cuando me quejaba del dolor de espalda que traía de la algodonera. Mientras él se sobreponía a todo para estar en el frente, cogiendo una pancarta, un megáfono, o tan solo acompañando en cuerpo y alma; con sus pocos kilitos y las cicatrices de mil batallas ganadas a la muerte, pero con el calor del cariño que compite con la mejor manta esperancera.

Quiero seguir recordándote, como el ejemplo que obliga a luchar cada día contra la injusticia, y contra la muerte. Porque la vida no es otra cosa y, aunque sepamos que la guerra contra la muerte está perdida, los luchadores no lo ponemos fácil y hasta nos olvidamos de que la muerte es ley de vida.

Hoy, que volviste con Miguel Ángel, quiero que sepas que sigue mi dolor de espalda: ahora es más fuerte que nunca. Hoy me duele tan fuerte y tan adentro que me muero en vida y me reseco sin remedio por cascadas de lágrimas que mi alma, exprimida, llora por tu partida.

Donde yo esté siempre seguirás presente. Y allí nos vemos tarde o temprano, hermano, compañero, Javier Díaz.

Que la tierra te sea leve.

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